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Página de Sergio Gacitúa Montecinos

cuentos

EL TENOR FRUSTRADO

EL TENOR FRUSTRADO

 

El Ronco Paz, estaba haciendo su internado en Medicina, y, como fórmula para relajarse, iba al cine, función nocturna, y  luego pasaba a tomar un café express,
Luego partía con paso calmo rumbo al hogar universitario…a la hora del regreso ya no andaban peatones y además la niebla ponía un telón de fondo que llevaba al alma un dejo depresivo
Salieron casi juntos del café, ella era alta, de bonita figura, rostro un tanto triste, un reflejo de soledad, esbozó una sonrisa cuando el Ronco abrió la puerta del local y gentilmente la hizo pasar, luego, se puso a  su y comentado que la había visto varías veces en el cine, y con naturalidad después de las reservas propias del primer encuentro, pasaron a criticar con más confianza y fluidez la película de la noche…
Caminaron media cuadra y el Ronco le ofreció llevarla a su casa, pero ella declinó el ofrecimiento, sin embargo el último tramo pasaría frente las ruinas magnifico teatro Concepción cuya señorial y clásica fachada semidestruida, entre la neblina, le daba un encanto especial, como dándose por vencido y dejando caer entre la niebla una fantasmal sensación, que allí nunca mas  habría arte
                  Ambos miraron las ruinas y el Ronco en un arranque de emoción que le nació del fondo del alma, oculta su rostro en rostro entre las manos e irrumpe en llanto, la mujer alarmada en primer moderno; cambió cuando Ronco apoyó la cabeza en su. Hombro, semi abrazados  cabeza del Ronco en hombro y pecho e la mujer; siguieron los sollozos tartajeando que su vocación la vida de temor frustrado no merecía vivirla…
El; que iba a brillar en ese  escenario y recorrer al mundo en una carrera imparable de conciertos; que sería famoso y gozando de de su privilegiado, sin embargo por una maldita enfermedad; de la noche a perdió el don divino de su voz. Y su maravillosa voz pasó a ser una mezcla patética de tonos roncos y agudos (predominaba el ronco y con dificultad), la mujer compadecida de esta tragedia y orgullosa de tener a un  Beneamino Gigli, o un Carusso o  lo mejor un  Pavarotti en ciernes en sus brazos .
Ante este maravilla en potencia y doliente ella fue prolongado y cerando más los abrazos hasta que trasmitieron relieves de los cuerpos.. así, entre abrazos y caricias en el pelo abrazos que iban siendo mas que maternales durante largos minutos porque El Ronco reconoció entre sollozos que lo había emocionado profundamente el sentir la compresión, la emoción trasmitida por esos brazos tan lindos y esas  tan palabras tan dulces y sabias, y lo emocionaba profundamente oír por primera vez; los brazos de una mujer lo estrecharan con tanta dulzura, por fin él    el que encontraría cosas muy gratificantes y bonitas en Los estudios de Medicina.
El Ronco emocionado  dijo; sollozando mas virilmente: ¡ Le Juro por la voz que perdí; que usted  es la primera mujer que enfoca así esa carrera y sin arte y que yo encontraba tan árida: "Usted es más que una madre, es una amiga para mi y no tengo como agradecer la paz que ha irradiado a mi espíritu.; he vuelto a encontrar belleza en el desierto y tormento del don  perdido,  cuando yo  tenía el terreno abonado en el Teatro Concepción  filosofó diciendo entre sollozos y mas abrazado a su único sostén: La Mujer desconocida ; le confesó en un susurro que lo que más había amado por sobre todas las cosas era el que lo  aplaudieran cuando cantaba inspirado por los dioses,  eso era para él, lo máximo, lo sublime
               ¡¡¡Nooo, ¡!!cargaría para siempre y  peor que lepra, la perdida de esa gloria  y todo por el fruto de la enfermedad que lo truncó para siempre!!!! y lanzando un lastimero sollozo dijo ¡¡“y este maldito mal, es irrecuperable!!!…..”
          Otro abrazo mas apretado y mas largo que los anteriores fueron guiando el ronco Paz a su pareja hasta llegar a un barrio semi sombrío, por la hora y el frío de la neblina, el Ronco Paz muy caballerosamente propuso alojar en ese hotel
Al despertar el y Ronco  Paz, se vistió en silencio: la dejó dormida, la buena obra hecha de consolar aun sufriente merecía respetar ese sueño, tan relajador, por el bien que le había hecho.
 Y el Ronco Paz,  se retiró tan  silenciosamente, de la pieza como su voz perdida
Además;  caballerosamente, dejó en silencio, la boleta de cuenta en el velador, para que la dama  terminara su obra de bien  pagando el motel.

 

                                            Sergio Gacitúa Montecinos
  

 

Concepción  Noviembre 2005

 

 

EL MISTERIOSO DON

EL MISTERIOSO DON

                    En preparatorias[i], comentábamos en el curso, que nuestros padres con frecuencia y en distintos tonos comentaban:”! Está enfermo don Rocandio!” “¿saben? Don Rocandio está enfermo….tanto escuchamos esa noticia que bastaba  que alguien dijera:“¿Saben? ó está…! Para que el curso a coro gritara “está enfermo don Rocandio”, y estallaba la carcajada.

                 Meses después se comentó en distintos tonos y timbres de voz:”¡murió don Rocandio!”, así el curso ante cualquier “¿Saben?” gritaba a todo pulmón: “Murió don Rocandio”y la carcajada era inevitable.

                Al regresar a clases después  de las vacaciones de invierno, la profesora llegó con un nuevo compañero, bajo, moreno de mechas[ii] tiesas, el que con mucho aplomo se presentó diciendo: “¿saben?, no terminó la frase pues el coro gritó a voz en cuello:”Murió don Rocandio!!!!” un puñetazo salido del inconsciente colectivo,  lo dejó sangrando.

                    Supimos de boca del propio director, al suspendernos de clases, que era hijo del mentado don Rocandio.

                    Muchísimos años después, más de medio siglo en realidad, nos juntamos unos pocos sobrevivientes y empezó el intercambio de recuerdos, de los éxitos y fracasos….Un compañero, en uno de esos silencios en que se dice “que pasó un ángel”, dijo: en Chillán fui al cementerio a visitar la tumba de mis padres y ¿saben?...

                     A coro gritamos: “murió don Rocandio” y estalló la carcajada….

                      Y hasta el día de hoy nadie sabe quien fue ese personaje ni nos interesa saberlo……

Concepción diciembre 2005



[i] Actual enseñanza básica
[ii] pelo

ENFERMEDAD TERMINAL

ENFERMEDAD TERMINAL

                                                                                  Dr. Sergio Gacitúa Montecinos

I

Por milésima vez durante la mañana, Julia empezó a escuchar el carraspeo sordo, como un río entre quebradas; sabía que 5 minutos después, vendría la larga crisis de tos, cavernosa, con un crepitar de bronquios como crujido de incendio en un bosque reseco y luego la viscosa catarata de flemas verdosas, que debía recoger con un raspar de papel - lija contra los labios partidos.
Sabía que Raúl repetiría una vez más un largo respirar sibilante, como pito de locomotora en desuso y unos ojos negros, bordeados de rojo, la mirarían sin expresar nada y el ciclo se repetiría una y otra vez.
Lo más torturante de escuchar en Raúl, después del río de flema que arrastraba la última gota de aire, era la inhalación;.no era el tomar una bocanada de aire con aquel ruido de alivio, como la dentellada al aire de aquel que en el río está por ahogarse, no, Raúl lo hacía junto con un hablar hacia adentro, como un rezo en sordina....como una pregunta sin respuesta.

II

Julia trató una vez más de romper la monotonía del calendario de cuidados, paseando la mirada, lentamente, explorando con calma como un ratón nocturno presintiendo un búho, recorrió el entorno, deteniéndose en el tubo de oxígeno, descansando un rato los ojos en el bailoteo de las burbujas del frasco humectador, tantas veces se entretuvo en él, que se le hizo predecible y monótono; para Julia, ya no era misterio calcular cuantos litros de oxígeno que pasaban por minuto, el baile de las burbujas le informaba de todo y sabía que bastaba con un litro y medio y los pulmones le daban las gracias.
No siempre era necesario conectar el balón, de color café como hábito de franciscano, ;el tubo de oxígeno permanecía inmóvil al lado de la cama, como confesor de paciencia infinita. Otros balones de recambio llegaban de un blanco sucio, como mortaja de segunda mano.

III

No sabía si Raúl extrañaba la compañía de los balones, o notaba sus ausencias en los recambios, sin embargo, para ella, eran sus compañeros, a los que durante un mes y medio había llegado a querer e incluso, creía conversarles en secreto.
Mas allá, el velador, las jeringas desechables en  fila, como soldados en descanso o como ataúdes en exhibición, el jarabe con yoduro de potasio para licuar las  flemas, el jarabe de calcio para “evitar que los huesos se descalcificaran” según el médico, como si no percibiera que bajo la piel sólo tenía cuerdas de alambre A Julia los frascos y sus olores, el algodón, el alcohol, su olor permanente, la incitaba a beber un sorbo, siempre que hubiese podido estirar la mano...pero estaba sobre ella, la mirada fría, perdida, inmóvil de Raúl, mirada que era un semáforo que detenía cualquier deseo. En la misma mesa de medicamentos, pulcramente ordenados junto a los  frascos de medicamentos de Raúl, estaba el jarabe  antiácido, lechoso, el frasco de laxante que tomaba todas las noches con unción religiosa como comulgando  junto con la última dosis de las  gotas de  digitalina, rito que repetía en las mañanas después de darle los medicamentos a Raúl.

III

Al abrir las ventanas a medio día, la monotonía se rompió con el vuelo de una mosca, gorda, azul violeta. En su vuelo loco, pareció jugar a la ruleta rusa. Dos pares de ojos la siguieron con atención: los unos con cierto temor, los otros, con un brillo de interés, que apareció como un relámpago, para apagarse velozmente en la indiferencia.
La alimentación asistida, el chorrear de la papilla por la comisura de los labios, el refregar la servilleta en la boca, con brusquedad por parte de la auxiliar paramédico, los comentarios reiterativos sobre el estado del tiempo, hacían olvidar que mas tarde, por horas, sólo estaría el diálogo entre sordos del pito intermitente del monitor;.rogaba que el médico no indicara conectarlo esa noche.....
El doctor Lustig pasó algo después de las 20 horas, la auxiliar ya estaba inquieta, ordenando y reordenando los frascos, las bajadas de suero, las ampollas. Le dio con apremio su informe de las novedades del día, El Dr. Lustig a su vez, dejó las mismas indicaciones de precaución en el conteo de las gotas, la exactitud en los centímetros cúbicos del frasco verde, a inyectar en la bajada del suero, con el tratamiento de la media noche. Todo lo repitió con una sonrisa - mueca de optimismo y con la misma mirada evasiva.....
Julia pensó que podía haber cambiado el orden de las gotas y de los comprimidos, total, eran a la misma hora........Raúl pensó que habría sido bueno que hubiese dejado otra receta, pero sólo dejó en el ambiente un ¡Buenas Noches ! !, coreado por la auxiliar y al cerrar la puerta, dejó cerrada la rutina y con ello llegó para Julia  la hora de dormitar un rato, sueño que en el fondo era profundo, insondable por un par de horas..

IV

Cerca de la medianoche, Raúl empezó con el ronquido sordo, la carraspera y el río de flema que arrastraba el último aire de los pulmones, pero hizo un esfuerzo que creía matarlo, respiró con calma, estiró los brazos y en el laxante lechosos vertió parte de su propio  jarabe de calcio y del jarabe de yoduro de potasio, el esfuerzo le produjo un intenso ataque de tos, el aire entraba entre flemas con silbidos y ronquidos y no llegaba nunca a su lugar, pero Julia, despertando, no perdió tiempo en aumentar el flujo de oxígeno del balón y  esperó que el ciclo de Raúl terminase, mientras se iniciaba el cuidadoso ritual de la administración de los medicamentos, terminado este rito, siguió con el rito mágico de sus 10 gotas de digitalina, y dos cucharadas de laxante, el que encontró algo más amargo que de costumbre, pero más amargo a su propia vida, imposible.
Julia esperó una vez más, escuchar la inhalación desesperada de Raúl, seguida de esas palabras como lamentos....pero nunca llegaría a aclarar, antes de dormirse, si escuchó palabras o una larga, larga risa.....

(Mención honrosa.Conjunto de cuentos.
Concurso de cuentos. Facultad de Medicina 1997.)

Virgen-Niña

Virgen-Niña VIRGEN-NIÑA
Portada:obra de Silvia Kum, abogado-pintora,de Resistencia.Argentina)
Dr. Sergio Gacitúa Montecinos.

Cristina, desde muy pequeña, tuvo clavados en sus ojos, los ojos de la Virgen, la cual tenía una mirada fija y que parecía clavarse en algo más atrás de los ojos de quién la contemplaba. Una mirada que según la luz de la sala, daban un destello de profundo vacío ¿o desprecio?.
Estos ojos la seguían una y otra vez en sus múltiples ires y venires por la sala principal; ya fuera cuando iba rumbo al dormitorio, o a un costado, ya fuera que iba al pasillo que conducía a la cocina, y para ella, la llevaban a sus lugares mas seguros.
Pasaba frente al cuadro con pasos rápidos y la vista gacha, pero sentía en su nuca la mirada taladrante de la virgen.
Un terror frío le recorría la espalda ,cuando todos los días que podía recordar de su vida; le dolía acordarse que diariamente que se subía a un piso de totora y debía limpiar con un paño inmaculadamente blanco cada mínimo rincón del marco barroco del cuadro de la imagen, lleno de rosas en relieve, pequeñas caras de ángeles alados, ramos de uva entrelazados los que permitían siempre que sus tías, o su madre en la inspección, encontraran rastros de polvo.
Estas imaginarias huellas de suciedad y las débiles rayas de grasa en el vidrio de la lámina motivaban los retos, pellizcos e insultos de las viejas de la casa “por bruta, inepta, inútil”y las amenazas de ” por ello la Santa Virgen no te llevará ante el Señor”.
Luego, a la hora del ángelus, su madre, tías y abuela de rodillas rezaban latamente el rosario, el cual Cristina sólo remedaba el sonsonete porque nunca pudo aprender alguna frase, ni menos entenderla, pero si tenía claro que algo muy malo le iba a pasar si no hacía lo mismo que las viejas
Esta rutina de pasar el paño por el vidrio, sin poder despegar sus ojos de los ojos de la virgen, le eran dolorosos y aunque muchas veces apretaba los párpados hasta ver una tela negra; los ojos azul acero de la imagen pasaban por sus párpados y llegaban a hervirle en la nuca.
A lo largo del tiempo y la rutina, había observado que ahora los ojos de la virgen tenían como un halo amarillo alrededor de la pupila y Cristina pensaba que el vidrio no estaba suficientemente limpio, pero le atemorizaba pasar el paño por esa zona pues obligadamente tenía que mirarlos.
La imagen, centenaria en la casona, tenía ese artificio del pintor: las pupilas seguían a las personas que cruzaban frente a ella con una mirada dulce y maternal, pero que con el tiempo para Cristina la mirada que la seguía había adquirido algo de fantasmagórico y diabólico.
La niña sabía de memoria la historia: Su abuela, dueña de la casona y la quinta, y a hacienda había heredado la santa imagen de su abuela, a quien su marido se la trajo de España, donde en una época fue privilegio de los monjes de Valleplano el pintar con esa técnica los ojos de un retrato que siguieran a quien pasara por delante y mirarle los ojos, era sentirse traspasado e inundado de un irreprimible deseo de confesarse de inmediato.
Así, esta valiosa Virgen, había estado por generaciones en la familia, y según recordaba Cristina, muchas veces cuando niña sus tías le decía que “sería su regalo de bodas”, (y siempre que decían esto, su madre y sus tías se miraban de reojo, se encogían de hombros y sonreían con conmiseración)
Así fue pasando el tiempo y el tiempo y Cristina dejó de escuchar estas frases y luego empezó a escuchar que esta Virgen, a lo mejor iba a ser la más segura compañía que tendría cuando fuera mayor, y mientras ella ocuparía su tiempo tejiendo chalecos tras chalecos para sus futuros sobrinos...
Así también lo pensaba ella, quien por ser la menor y por una razón que no entendía, después de ver pasar durante cinco años caras distintas por la misma sala de clases, en la escuela frente a la plaza y a una cuadra de su casa, dejó de ir a clases pues una tarde su madre la llevó a casa después que la Directora y su madre tuvieron una conversación a puertas cerradas mientras ella sentada en la oficina de la secretaria, rayaba una y otra vez su cuaderno.
Recuerda que su madre salió de la oficina con los ojos enrojecidos y sin decir palabra, la llevó a tirones hasta la casa, de la cual nunca más salió. No volver a la escuela, fue un alivio para ella, pues las profesoras hablaban cosas difíciles de entender,
A cambio de la escuela, empezó el tormento de las diarias y rutinarias labores de la casa.
Todas las tardes debía cruzar el salón, al cual entraba la luz del sol poniente e iluminaba a la Virgen, cuyo marco estaba empotrado entre dos vitrinas; una colección de muñecas, con sus vestidos apolillados y algunas sin los ojos, las otras, con las miradas perdidas y a Cristina le hubiese gustado jugar con ellas, pero le estaba prohibido pues “era el único recuerdo de la tía Mariana, que en paz descanse y abrir esa vitrina sería ofender su Santa Memoria”.
Cristina pasaba con los párpado apretados frente a la vitrina de las muñecas y frente al cuadro de la Virgen, aunque sentía su quemante mirada en la nuca y sólo de reojo y sin detenerse miraba las muñecas.
Así, la niña, en sus innumerables viajes a la cocina, cruzaba velozmente el salón, ciega a las tentaciones y hacía de memoria el camino y el miedo a los ojos sólo se disipaban llegaba corredor, rumbo a la cocina, o a la pieza donde sus tías rezaban y conversaban todo el día.
No recuerda cuantas veces contuvo el deseo de ir a orinar en la caseta del fondo para no pasar una vez mas frente a la inquisidora mirada, pues el terror que le causaba, la iba carcomiendo día a día. Al fin, el dolor de la vejiga y la tensión de los muslos la obligaba a cruzar el salón a pasos cortos con el apremio y el temor de no alcanzar a llegar a la caseta fétida, en el fondo del patio. Sin embargo, ese lugar le daba una sensación de flotar en el espacio cuando terminaba de orinar, allí, en los cuadrados de papel de diario colgados de un alambre, la niña, con un palito podía romperle los ojos a las fotos El encanto se esfumaba ante el grito de la madre pidiendo que llevara la tortilla o cebara el mate.
Los ojos iluminaban sus pesadillas, y los ojos se le presentaban en la espuma del jabón de la artesa del lavado, y así un día tras otro, unos días más largos y calurosos, otros mas cortos y fríos, con noches mas largas y mas cargadas de pesadillas se sucedían interminablemente, mientras mas chalecos y mas bufandas, salían interminablemente de sus manos.
La rutina de Cristina se rompió un día al escuchar a sus tías aullar y rezar y la tía Josefa en la cama, no se movía. A medio día la pusieron en un cajón, rodeado de velas y flores, con la cabeza de la vieja bajo el marco de la virgen, y así la tuvieron toda la noche y hasta la tarde del otro día.
Cristina, obligada por la abuela, tuvo que mirar por última vez la cara de la tía Josefa, la cual tenía los ojos entreabiertos y como que la miraban y a su vez los ojos de la Virgen sobre ella, cuatro clavados como dardos en los ojos de la niña, el terror la hizo gritar y las tías la sacaron al patio para que ”no se emocionara”.
El salón y el corredor se llenaron de mujeres, de vecinos, de inquilinos de la hacienda, cuatro frailes y todos rezaron y cantaron, luego los inquilinos, sacaron el cajón, mientras las mujeres llevaban las coronas dejando el salón pasado a flores marchitas, a humo velas, a sudores y perfumes
Cristina quedó con la orden de barrer el salón, mientras el gato de su madre, sentado en la mesita de las velas la miraba indiferente, y ahora eran cuatro ojos los que no se despegaban de la muchacha. Se sentó un momento y se quedó dormitando, cuando el gato se refregó es sus piernas desnudas, lo que le produjo la sensación de una descarga eléctrica.
Los días volvieron a la rutina de siempre y Cristina muchas veces como ratón cruzaba velozmente el salón, con los ojos cerrados, y cuando los abría por instinto era para no pisar al gato de su madre, el cual la miraba impasible, con los mismos ojos amarillentos de la virgen.
Las tías fueron desapareciendo, ella se iba sintiendo más cansada y el número de bufandas, chales y chalecos que tenía que tejer aumentaba y disminuían las mujeres que por las tardes rezaban pedían mate tras mate y hablaban y hablaban de las mismas cosas, que por lo demás ella no entendía.
La rutina se rompió una vez más con el ritual de poner a su madre en un cajón a los pies del cuadro de la virgen y luego por orden perentoria de la abuela quedó obligada cuidar al gato, al maldito gato, porque “era el único regalón y el consuelo de tu difunta madre, a quien Dios tenga a su Diestra”.
El gato, cada día más gordo, más impávido, e indiferente sólo la miraba cuando Cristina mecánicamente cumplía la rutina mil veces repetida de limpiar el cuadro y el marco, labor que día a día le tomaba mas tiempo pues los huesos le dolían al subirse al piso y los hombros crujían al estirar los brazos con los trapos hacia el marco.
Un día, sacaron el último cajón de la casona, y Cristina siguió la rutina de llevar la tetera y las tortillas a una pieza vacía, sintiendo sólo los ojos de la virgen y del gato en sus espaldas.
Fui por primera vez al pueblo de mis tatarabuelos, por asuntos de la herencia, y después de más de 30 años de sucedidos estos hechos descubrí con sorpresa que los viejos vecinos aún discutían: si todo sucedió en una mañana de otoño o una mañana de invierno, los unos juran que ese día llovía, pero ahora pienso que sólo Cristina ¿lo sabe? ¿lo supo?:
Cristina esa mañana se miró al espejo y vio a una desconocida arrugada, de pelo blanco.
Extrañada, pasó por el salón y por primera vez distraída y con los ojos abiertos, ensimismada en quien era la imagen que le había devuelto el espejo; sin querer miró por y primera vez directamente a los ojos de la virgen. Al salir de la habitación, tropezó con el canasto de los tejidos, lleno de ovillos cruzados por 20 palillos, y entonces vino el estallido de mil tormentas aherrojadas en su pecho liberado en un aullido interminable.
Sobre este suceso los vecinos aún discuten sí en aquel aullido interminable les fue más difícil acallar ese grito, despegar a la vieja-niña-virgen del amasijo de vidrios y astillas del marco de la Santa Virgen; o desprender al gato traspasado por dos palillos desde los ojos hasta la nuca y enterrados a través de los rotos ojos de la Madre Virgen, clavados hasta el infinito en el muro de adobe.
Todos en el pueblo si que coincidieron en que nadie supo nada más de la niña- vieja –virgen, quien esa misma tarde de los alaridos, fue llevada en una carreta al hospital de la ciudad grande, y yo mismo, de mi pariente lejano nunca supe más fuera de lo que me inormó el rumor del pueblo.
De la casona quedaban parte del techo, unos muros de adobe, uno de ellos pintado a la cal, amarillento por el humo y el tiempo, pero lucía un rectángulo blanco al centro, con dos agujeros que semejaban ojos de barro. Nadie me quiso explicar porqué no habían demolido las ruinas…yo tampoco quise hacerlo.

Dr. Sergio Gacitúa Montecinos
Cuento premiado en 3er lugar en el
Concurso de Cuento y Poesía del
Colegio Médico de Chile.
Santiago 3 de diciembre 2003

Virgen. Niña

IGLESIA DE CAPIATÁ ANTES DE LA LLEGADA DEL PA'I RENATO.
Y EN EL RELATO SIGUIENTE SE SABRÁ CÓMO CAMBIÓ LA IGLESIA Y EL PUEBLO.....

CAPIATÁ

CAPIATÁ CAPIATÁ
Al salir el sol, José dejó el pueblo; no volvió la mirada porque la desesperanza tiene un horizonte más amplio y lejano. La tierra roja, hecha barro pegajoso por la lluvia de la noche, agregó una suela más a las plantas descalzas y el barro fue lo único que trató de retenerlos en su pueblo.
José se fue porque pensaba que Capiatá no tenía porvenir, ni pasado ni destino; el no era en su vida no era más que una “escoba mal hecha”, “un puñado de paja”, una improvisación; tal como Capiatá , significa en su lengua materna.
En el puerto de Asunción, José esperó largo rato a ser llamado; otro obrero que lo antecedía en la fila de espera y oriundo del Chaco, era tan torpe en la capital como él, y fue increpado duramente por el capataz: : ¡ por lo lerdo que eres, tienes un atado de paja en vez de sesos ! ! !,...¡¡pareces una “typichᔠ!.y dirigiéndose a José le ladró:.¡¿ Y vos, de donde sos?: José en su nerviosismo sólo dijo: !!chamigo tendotá !! ¡ Yo soy de más allasito no más de San Lorenzo !!
Julia, morena por los soles, con dieciocho años, pero con cien en el rostro, de busto enhiesto y de un andar ondulante por la costumbre de andar con zapatos de cuero, sin tacos, o descalza si las tardes o las madrugadas frescas se lo permitían.
Llegó a la ciudad, en la primera y única micro del día, que pasaba por las afueras de su pueblo, y Julia sólo llevaba como equipaje su hambre, sus conocimientos de la escuela, la dificultad de hablar con la gente “culta” por su lenguaje mezcla de castellano y guaraní y muchos deseos de hacer algo, cualquier cosa, menos volver a Capiatá.
En el boliche, se chupó con ansias, haciendo sonar la bombilla unos mates de tereré para refrescarse.
Allí le indicaron una casona donde necesitaban una sirviente.
La señora, después de mirarla de arriba abajo, le ordenó servir el mate, labor maquinal que Julia había hecho desde niña su madre y a la abuela .A su vez, deslumbrada con su patrona, dueña de una casona con ante jardín fragante y un patio central con el ikua , la que había que sacar con un balde atado a una soga ,pero en su lengua nativa, pensó en que esa agua no era como la “ysat┠que corría por el patio de su casa Hizo esta labor por primera vez en casa extraña pero deseosa de quedarse y hacerlo todo bien, pues estaba deslumbrada por los lujos de la casa, el vestido y los modales de Ña Serafina, pero el ambiente la puso torpe y botó el agua, salpicando los pies de su patrona quien la increpó:¡¡torpe!!...pareces cabeza de Capiatá! ni siquiera alcanzás para typycha ! ! .¿De donde venís vos?, Julia por instinto dijo: ¡ de más acasito de San Bernardino!!.
En Capiatá, el padre “pa’í”6 José María, mas cansado que viejo, mas decepcionado que enfermo, llevaba en su joroba el desencanto de muchos años, mirando cómo en las misas las goteras del techo, aumentaban en proporción inversa la asistencia de feligreses jóvenes.
Del pórtico miraba languidecer el día, entre los árboles descuidados de la plaza, donde pastaban mas vacas que paseantes. y las casas de los costados, con puertas desvencijadas, sin pintar desde muchos años, ni siquiera ya pintarlas como era tradicional, para celebrar el Día del Patrono de la Ciudad
.
Cuando caminaba por los corredores de la pequeña iglesia, leyendo el breviario, repasaba más los pedazos caídos de la pintura de cal en los muros los formando manchas del ladrillo rojizo del muro y que cuando las miraba distraído, empezaban a formarse en su mente imágenes del pasado, rostros, y otras no muy santas, y que le sorprendían mucho más que las páginas del breviario mil veces leídas. Pensaba que el descascaramiento de pintura crecía como tumor maligno de esos incurables.
En las casas y quintas señorariales de las afueras, también crecían los Comité de Adelanto de Capiatá. El uno presidido por el Escribano y su esposa Emilia, al que convenía no hacer nada que significara delimitar sitios o desempolvar escrituras de propiedades, pues habría perdido un tercio de la propiedad de las quintas del pueblo.
El otro Comité, presidido por el cacique político, sólo favorecía dando trabajos en la estancia, según los votos que aportaran por familia cada capiateño.
Doña Silvia, esposa del hacendado, se rodeaba de otras damas “benefactoras”, que ayudaban sólo a aquellas mujeres modestas que podían aportar sus manos o sus hijas a las cocinas o a las camas de sus hijos. El único acuerdo entre los miembros del Comité, era mantener las cosas como estaban, para tener mano de obra barata y al pueblo controlado..
Y los modestos habitantes con la desesperanza a cuestas, siguieron abandonando el pueblo.
Josefa, cuan su futura patrona le preguntó de dónde venía le : dijo cabizbaja que “era nacida cerquita de Itauguá”,. Raúl, por su parte fijó su residencia e un vago lugar: “ él venía de el ladito de Areguá”, Rosa, por su parte con remordimiento de renegada, dijo a sus patrones que vivía “ cerquita de Itá, más para el lado de Ypacaraí”, Pedro a su vez apareció como venido de “entre Itauguá y Aregúa”.
Todos tenían en común la torpeza pueblerina, y el temor de ser comparados con unos “atados de paja”,”¡¡Un capiatá!! El que era un dicho común y despectivo de los asuncenos, dicho que les empezó a doler como bofetada en las entrañas y les hizo ver una vez más a su pueblo en la perspectiva de algo descarnado, sucio, despreciado.
Así, a los emigrantes, sin saberlo claramente, se les fue desarrollando el instinto de decir “soy saliendo de”; “.de más allasito de...” y Capiatá se fue transformando en un ombligo impreciso, rodeado de pueblos los que, curiosamente, producían sólo en sus cercanías, obreros y empleadas.
El padre “pa’í” José María, murió una tarde tan muerta como todas las anteriores, junto con el último repique carraspiento de la campana, rota por la bala de cañón, allá por los tiempos de la Gran Guerra.
Capiatá sólo despertó por unos días de su letargo, tanto por los funerales del Pa’í, como por la interrogante sobre el nuevo cura que llegaría un ¿cuándo?. Interés que se fue diluyendo en las copas de caña, las siestas, el tereré de las mañanas y de las tardes, el sueño nocturno, las siestas y los pocos quehaceres del día, a cargo de las mujeres. Y así, sólo el calor y el tedio siguieron lenta y laboriosamente, cultivando la carcoma del pueblo..
Un sábado, junto con besar el anillo de Monseñor, el padre Renato, embotado por el calor y el viaje en barco, escuchó un saludo, y entre sorbos de tereré un discurso, “Sobre los Designios del Señor, que había llamado al santo padre José María a su lado y le enviaba al padre Renato a hacerse cargo de la parroquia de Capiatá, cuya primera misa, por la Gracia de Dios, “ofrecería mañana mismo” puesto que es domingo,” y con un “Ve con Dios hijo mío” ; hubo otra estirada de mano lánguida para el beso ceremonial del anillo, y con la otra coger mate de tereré y así el padre Renato se encontró esa misma tarde caminando con su maleta mas liviana que los recuerdos de su país vasco, desde la carretera hacia la iglesia, abriéndose paso entre el plomo fundido del aire y el sudor mercurial, cruzando un pueblo silencioso y vacío pero vigilante tras los visillos..
Ramiro, el sacristán, que sólo era un amasijo andante de despojos liados por trapos y caña, saldo de la Guerra del Chaco, no había terminado de repicar la campana de la primera seña el domingo , cuando el pueblo en masa ya llenaba la iglesia, e incluso la vereda. y parte de la plaza...
El padre “pa’í” Renato, en la prédica, con voz dura, les dio la bienvenida, les hizo notar en el sermón,con tono duro y la franqueza del vasco que corria por sus venas: “que así como se presentaban bien arreglados para recibir al Señor, así debían presentarle su Casa, su Iglesia y que él, como Pastor, se encargaría de arreglar el Corral de sus Ovejas”.y esas ovejas son ustedes, concluyó con un tono casi mas despectivo que pastoral.
Esa misma tarde, el pueblo sorprendido vio al pa’í Renato, sin sotana, arremangado y con la camisa abierta, encaramado en una escala, pintando con cal la fachada de la iglesia.
Unas mujeres se fueron acercando; la una, trajo mas agua para la cal, la otra, una escoba, y todas miraron de reojo y sin pecado pero con ansias reprimidas la erotizante y atractiva piel blanquecina y la musculatura del joven pa’í.
Llegaron dos viejos, con brochas, otro con una bolsa de yeso y esa tarde no hubo misa, pero los muros empezaron a cobrar vida.
El pueblo se acostó tarde, los comentarios pasaron del Copetín Flores a la calle, de la calle por los patios, y en la semana, gracias a los rumores, la iglesia lucía como orquídea en un basural.
La epidemia de arreglos empezó por los contornos de la plaza; el Escribano hizo repintar su puerta y fachada, pulió el bronce de su plancha por su parte el dueño del Copetín Flores, repintó el letrero, y Ña Sofía pintó de azul la fachada del Almacén
. El uno sacó sus vacas de la plaza, el otro, arregló los árboles, el de más allá puso tablones en las bancas y la plaga de aseo y adornos fue invadiendo el pueblo.
Los Presidentes de Juntas de Adelanto, los caudillos políticos de las estancias vecinas hicieron su parte diciendo en voz alta que ellos habían pedido a Monseñor que enviara al cura “pa’í” Renato y en él habían delegado las funciones de coordinar el ornato de Capiatá, fuera de eso, dieron gracias a Dios que el padre fuera cosechador de almas y no de votos.
Ña Silvia, esposa del hacendado, invitó por primera vez, a sus amigas de Asunción, a celebrar su cumpleaños en su casa quinta, a una cuadra de la iglesia, y toda la conversación giró “en lo lindo que estaban dejando el pueblo”.
En Asunción se supo que Capiatá era un pueblo muy acogedor, muy limpio, muy “de moda; y el deseo de ir a conocer el pueblo fue motivado en parte por icuriosidad y en parte por ver si sus empleadas y obreros realmente estaban viviendo en el pueblo pues al despedirse simplemente dijeron: ¡me voy a mi pueblo, a Capiatá!.
Dr. Sergio Gacitúa Montecinos
Octubre 1996. Asunción del Paraguay-Concepción-Chile.
Tercer premio Concurso de cuentos Colegio Médico de Chile.1997
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