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Virgen-Niña

1.jpgVIRGEN-NIÑA
Portada:obra de Silvia Kum, abogado-pintora,de Resistencia.Argentina)
Dr. Sergio Gacitúa Montecinos.

Cristina, desde muy pequeña, tuvo clavados en sus ojos, los ojos de la Virgen, la cual tenía una mirada fija y que parecía clavarse en algo más atrás de los ojos de quién la contemplaba. Una mirada que según la luz de la sala, daban un destello de profundo vacío ¿o desprecio?.
Estos ojos la seguían una y otra vez en sus múltiples ires y venires por la sala principal; ya fuera cuando iba rumbo al dormitorio, o a un costado, ya fuera que iba al pasillo que conducía a la cocina, y para ella, la llevaban a sus lugares mas seguros.
Pasaba frente al cuadro con pasos rápidos y la vista gacha, pero sentía en su nuca la mirada taladrante de la virgen.
Un terror frío le recorría la espalda ,cuando todos los días que podía recordar de su vida; le dolía acordarse que diariamente que se subía a un piso de totora y debía limpiar con un paño inmaculadamente blanco cada mínimo rincón del marco barroco del cuadro de la imagen, lleno de rosas en relieve, pequeñas caras de ángeles alados, ramos de uva entrelazados los que permitían siempre que sus tías, o su madre en la inspección, encontraran rastros de polvo.
Estas imaginarias huellas de suciedad y las débiles rayas de grasa en el vidrio de la lámina motivaban los retos, pellizcos e insultos de las viejas de la casa “por bruta, inepta, inútil”y las amenazas de ” por ello la Santa Virgen no te llevará ante el Señor”.
Luego, a la hora del ángelus, su madre, tías y abuela de rodillas rezaban latamente el rosario, el cual Cristina sólo remedaba el sonsonete porque nunca pudo aprender alguna frase, ni menos entenderla, pero si tenía claro que algo muy malo le iba a pasar si no hacía lo mismo que las viejas
Esta rutina de pasar el paño por el vidrio, sin poder despegar sus ojos de los ojos de la virgen, le eran dolorosos y aunque muchas veces apretaba los párpados hasta ver una tela negra; los ojos azul acero de la imagen pasaban por sus párpados y llegaban a hervirle en la nuca.
A lo largo del tiempo y la rutina, había observado que ahora los ojos de la virgen tenían como un halo amarillo alrededor de la pupila y Cristina pensaba que el vidrio no estaba suficientemente limpio, pero le atemorizaba pasar el paño por esa zona pues obligadamente tenía que mirarlos.
La imagen, centenaria en la casona, tenía ese artificio del pintor: las pupilas seguían a las personas que cruzaban frente a ella con una mirada dulce y maternal, pero que con el tiempo para Cristina la mirada que la seguía había adquirido algo de fantasmagórico y diabólico.
La niña sabía de memoria la historia: Su abuela, dueña de la casona y la quinta, y a hacienda había heredado la santa imagen de su abuela, a quien su marido se la trajo de España, donde en una época fue privilegio de los monjes de Valleplano el pintar con esa técnica los ojos de un retrato que siguieran a quien pasara por delante y mirarle los ojos, era sentirse traspasado e inundado de un irreprimible deseo de confesarse de inmediato.
Así, esta valiosa Virgen, había estado por generaciones en la familia, y según recordaba Cristina, muchas veces cuando niña sus tías le decía que “sería su regalo de bodas”, (y siempre que decían esto, su madre y sus tías se miraban de reojo, se encogían de hombros y sonreían con conmiseración)
Así fue pasando el tiempo y el tiempo y Cristina dejó de escuchar estas frases y luego empezó a escuchar que esta Virgen, a lo mejor iba a ser la más segura compañía que tendría cuando fuera mayor, y mientras ella ocuparía su tiempo tejiendo chalecos tras chalecos para sus futuros sobrinos...
Así también lo pensaba ella, quien por ser la menor y por una razón que no entendía, después de ver pasar durante cinco años caras distintas por la misma sala de clases, en la escuela frente a la plaza y a una cuadra de su casa, dejó de ir a clases pues una tarde su madre la llevó a casa después que la Directora y su madre tuvieron una conversación a puertas cerradas mientras ella sentada en la oficina de la secretaria, rayaba una y otra vez su cuaderno.
Recuerda que su madre salió de la oficina con los ojos enrojecidos y sin decir palabra, la llevó a tirones hasta la casa, de la cual nunca más salió. No volver a la escuela, fue un alivio para ella, pues las profesoras hablaban cosas difíciles de entender,
A cambio de la escuela, empezó el tormento de las diarias y rutinarias labores de la casa.
Todas las tardes debía cruzar el salón, al cual entraba la luz del sol poniente e iluminaba a la Virgen, cuyo marco estaba empotrado entre dos vitrinas; una colección de muñecas, con sus vestidos apolillados y algunas sin los ojos, las otras, con las miradas perdidas y a Cristina le hubiese gustado jugar con ellas, pero le estaba prohibido pues “era el único recuerdo de la tía Mariana, que en paz descanse y abrir esa vitrina sería ofender su Santa Memoria”.
Cristina pasaba con los párpado apretados frente a la vitrina de las muñecas y frente al cuadro de la Virgen, aunque sentía su quemante mirada en la nuca y sólo de reojo y sin detenerse miraba las muñecas.
Así, la niña, en sus innumerables viajes a la cocina, cruzaba velozmente el salón, ciega a las tentaciones y hacía de memoria el camino y el miedo a los ojos sólo se disipaban llegaba corredor, rumbo a la cocina, o a la pieza donde sus tías rezaban y conversaban todo el día.
No recuerda cuantas veces contuvo el deseo de ir a orinar en la caseta del fondo para no pasar una vez mas frente a la inquisidora mirada, pues el terror que le causaba, la iba carcomiendo día a día. Al fin, el dolor de la vejiga y la tensión de los muslos la obligaba a cruzar el salón a pasos cortos con el apremio y el temor de no alcanzar a llegar a la caseta fétida, en el fondo del patio. Sin embargo, ese lugar le daba una sensación de flotar en el espacio cuando terminaba de orinar, allí, en los cuadrados de papel de diario colgados de un alambre, la niña, con un palito podía romperle los ojos a las fotos El encanto se esfumaba ante el grito de la madre pidiendo que llevara la tortilla o cebara el mate.
Los ojos iluminaban sus pesadillas, y los ojos se le presentaban en la espuma del jabón de la artesa del lavado, y así un día tras otro, unos días más largos y calurosos, otros mas cortos y fríos, con noches mas largas y mas cargadas de pesadillas se sucedían interminablemente, mientras mas chalecos y mas bufandas, salían interminablemente de sus manos.
La rutina de Cristina se rompió un día al escuchar a sus tías aullar y rezar y la tía Josefa en la cama, no se movía. A medio día la pusieron en un cajón, rodeado de velas y flores, con la cabeza de la vieja bajo el marco de la virgen, y así la tuvieron toda la noche y hasta la tarde del otro día.
Cristina, obligada por la abuela, tuvo que mirar por última vez la cara de la tía Josefa, la cual tenía los ojos entreabiertos y como que la miraban y a su vez los ojos de la Virgen sobre ella, cuatro clavados como dardos en los ojos de la niña, el terror la hizo gritar y las tías la sacaron al patio para que ”no se emocionara”.
El salón y el corredor se llenaron de mujeres, de vecinos, de inquilinos de la hacienda, cuatro frailes y todos rezaron y cantaron, luego los inquilinos, sacaron el cajón, mientras las mujeres llevaban las coronas dejando el salón pasado a flores marchitas, a humo velas, a sudores y perfumes
Cristina quedó con la orden de barrer el salón, mientras el gato de su madre, sentado en la mesita de las velas la miraba indiferente, y ahora eran cuatro ojos los que no se despegaban de la muchacha. Se sentó un momento y se quedó dormitando, cuando el gato se refregó es sus piernas desnudas, lo que le produjo la sensación de una descarga eléctrica.
Los días volvieron a la rutina de siempre y Cristina muchas veces como ratón cruzaba velozmente el salón, con los ojos cerrados, y cuando los abría por instinto era para no pisar al gato de su madre, el cual la miraba impasible, con los mismos ojos amarillentos de la virgen.
Las tías fueron desapareciendo, ella se iba sintiendo más cansada y el número de bufandas, chales y chalecos que tenía que tejer aumentaba y disminuían las mujeres que por las tardes rezaban pedían mate tras mate y hablaban y hablaban de las mismas cosas, que por lo demás ella no entendía.
La rutina se rompió una vez más con el ritual de poner a su madre en un cajón a los pies del cuadro de la virgen y luego por orden perentoria de la abuela quedó obligada cuidar al gato, al maldito gato, porque “era el único regalón y el consuelo de tu difunta madre, a quien Dios tenga a su Diestra”.
El gato, cada día más gordo, más impávido, e indiferente sólo la miraba cuando Cristina mecánicamente cumplía la rutina mil veces repetida de limpiar el cuadro y el marco, labor que día a día le tomaba mas tiempo pues los huesos le dolían al subirse al piso y los hombros crujían al estirar los brazos con los trapos hacia el marco.
Un día, sacaron el último cajón de la casona, y Cristina siguió la rutina de llevar la tetera y las tortillas a una pieza vacía, sintiendo sólo los ojos de la virgen y del gato en sus espaldas.
Fui por primera vez al pueblo de mis tatarabuelos, por asuntos de la herencia, y después de más de 30 años de sucedidos estos hechos descubrí con sorpresa que los viejos vecinos aún discutían: si todo sucedió en una mañana de otoño o una mañana de invierno, los unos juran que ese día llovía, pero ahora pienso que sólo Cristina ¿lo sabe? ¿lo supo?:
Cristina esa mañana se miró al espejo y vio a una desconocida arrugada, de pelo blanco.
Extrañada, pasó por el salón y por primera vez distraída y con los ojos abiertos, ensimismada en quien era la imagen que le había devuelto el espejo; sin querer miró por y primera vez directamente a los ojos de la virgen. Al salir de la habitación, tropezó con el canasto de los tejidos, lleno de ovillos cruzados por 20 palillos, y entonces vino el estallido de mil tormentas aherrojadas en su pecho liberado en un aullido interminable.
Sobre este suceso los vecinos aún discuten sí en aquel aullido interminable les fue más difícil acallar ese grito, despegar a la vieja-niña-virgen del amasijo de vidrios y astillas del marco de la Santa Virgen; o desprender al gato traspasado por dos palillos desde los ojos hasta la nuca y enterrados a través de los rotos ojos de la Madre Virgen, clavados hasta el infinito en el muro de adobe.
Todos en el pueblo si que coincidieron en que nadie supo nada más de la niña- vieja –virgen, quien esa misma tarde de los alaridos, fue llevada en una carreta al hospital de la ciudad grande, y yo mismo, de mi pariente lejano nunca supe más fuera de lo que me inormó el rumor del pueblo.
De la casona quedaban parte del techo, unos muros de adobe, uno de ellos pintado a la cal, amarillento por el humo y el tiempo, pero lucía un rectángulo blanco al centro, con dos agujeros que semejaban ojos de barro. Nadie me quiso explicar porqué no habían demolido las ruinas…yo tampoco quise hacerlo.

Dr. Sergio Gacitúa Montecinos
Cuento premiado en 3er lugar en el
Concurso de Cuento y Poesía del
Colegio Médico de Chile.
Santiago 3 de diciembre 2003

Virgen. Niña
21/08/2004 03:27 Enlace permanente. Tema: cuentos.

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Autor: Carlos

me gustó mucho esta cuento,pareciera ser de San Fabián de Alico!!!
¿podrías publicar algunos poemas de tu madre?,seróa magnífico.
Felicitaciones.

Fecha: 23/08/2004 18:35.


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Autor: Graciela

Sergio te felicito, muy bonito tu cuento. Me gustó mucho la foto que pusiste, muy lindo cuadro.Aquí va una preguntita: Argentina, cuándo la vas a poner en el enlace???
Tu amiga argentina.

Fecha: 24/08/2004 02:48.


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