
CAPIATÁ
Al salir el sol, José dejó el pueblo; no volvió la mirada porque la desesperanza tiene un horizonte más amplio y lejano. La tierra roja, hecha barro pegajoso por la lluvia de la noche, agregó una suela más a las plantas descalzas y el barro fue lo único que trató de retenerlos en su pueblo.
José se fue porque pensaba que Capiatá no tenía porvenir, ni pasado ni destino; el no era en su vida no era más que una “escoba mal hecha”, “un puñado de paja”, una improvisación; tal como Capiatá , significa en su lengua materna.
En el puerto de Asunción, José esperó largo rato a ser llamado; otro obrero que lo antecedía en la fila de espera y oriundo del Chaco, era tan torpe en la capital como él, y fue increpado duramente por el capataz: : ¡ por lo lerdo que eres, tienes un atado de paja en vez de sesos ! ! !,...¡¡pareces una “typichá” !.y dirigiéndose a José le ladró:.¡¿ Y vos, de donde sos?: José en su nerviosismo sólo dijo: !!chamigo tendotá !! ¡ Yo soy de más allasito no más de San Lorenzo !!
Julia, morena por los soles, con dieciocho años, pero con cien en el rostro, de busto enhiesto y de un andar ondulante por la costumbre de andar con zapatos de cuero, sin tacos, o descalza si las tardes o las madrugadas frescas se lo permitían.
Llegó a la ciudad, en la primera y única micro del día, que pasaba por las afueras de su pueblo, y Julia sólo llevaba como equipaje su hambre, sus conocimientos de la escuela, la dificultad de hablar con la gente “culta” por su lenguaje mezcla de castellano y guaraní y muchos deseos de hacer algo, cualquier cosa, menos volver a Capiatá.
En el boliche, se chupó con ansias, haciendo sonar la bombilla unos mates de tereré para refrescarse.
Allí le indicaron una casona donde necesitaban una sirviente.
La señora, después de mirarla de arriba abajo, le ordenó servir el mate, labor maquinal que Julia había hecho desde niña su madre y a la abuela .A su vez, deslumbrada con su patrona, dueña de una casona con ante jardín fragante y un patio central con el ikua , la que había que sacar con un balde atado a una soga ,pero en su lengua nativa, pensó en que esa agua no era como la “ysatâ” que corría por el patio de su casa Hizo esta labor por primera vez en casa extraña pero deseosa de quedarse y hacerlo todo bien, pues estaba deslumbrada por los lujos de la casa, el vestido y los modales de Ña Serafina, pero el ambiente la puso torpe y botó el agua, salpicando los pies de su patrona quien la increpó:¡¡torpe!!...pareces cabeza de Capiatá! ni siquiera alcanzás para typycha ! ! .¿De donde venís vos?, Julia por instinto dijo: ¡ de más acasito de San Bernardino!!.
En Capiatá, el padre “pa’í”6 José María, mas cansado que viejo, mas decepcionado que enfermo, llevaba en su joroba el desencanto de muchos años, mirando cómo en las misas las goteras del techo, aumentaban en proporción inversa la asistencia de feligreses jóvenes.
Del pórtico miraba languidecer el día, entre los árboles descuidados de la plaza, donde pastaban mas vacas que paseantes. y las casas de los costados, con puertas desvencijadas, sin pintar desde muchos años, ni siquiera ya pintarlas como era tradicional, para celebrar el Día del Patrono de la Ciudad
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Cuando caminaba por los corredores de la pequeña iglesia, leyendo el breviario, repasaba más los pedazos caídos de la pintura de cal en los muros los formando manchas del ladrillo rojizo del muro y que cuando las miraba distraído, empezaban a formarse en su mente imágenes del pasado, rostros, y otras no muy santas, y que le sorprendían mucho más que las páginas del breviario mil veces leídas. Pensaba que el descascaramiento de pintura crecía como tumor maligno de esos incurables.
En las casas y quintas señorariales de las afueras, también crecían los Comité de Adelanto de Capiatá. El uno presidido por el Escribano y su esposa Emilia, al que convenía no hacer nada que significara delimitar sitios o desempolvar escrituras de propiedades, pues habría perdido un tercio de la propiedad de las quintas del pueblo.
El otro Comité, presidido por el cacique político, sólo favorecía dando trabajos en la estancia, según los votos que aportaran por familia cada capiateño.
Doña Silvia, esposa del hacendado, se rodeaba de otras damas “benefactoras”, que ayudaban sólo a aquellas mujeres modestas que podían aportar sus manos o sus hijas a las cocinas o a las camas de sus hijos. El único acuerdo entre los miembros del Comité, era mantener las cosas como estaban, para tener mano de obra barata y al pueblo controlado..
Y los modestos habitantes con la desesperanza a cuestas, siguieron abandonando el pueblo.
Josefa, cuan su futura patrona le preguntó de dónde venía le : dijo cabizbaja que “era nacida cerquita de Itauguá”,. Raúl, por su parte fijó su residencia e un vago lugar: “ él venía de el ladito de Areguá”, Rosa, por su parte con remordimiento de renegada, dijo a sus patrones que vivía “ cerquita de Itá, más para el lado de Ypacaraí”, Pedro a su vez apareció como venido de “entre Itauguá y Aregúa”.
Todos tenían en común la torpeza pueblerina, y el temor de ser comparados con unos “atados de paja”,”¡¡Un capiatá!! El que era un dicho común y despectivo de los asuncenos, dicho que les empezó a doler como bofetada en las entrañas y les hizo ver una vez más a su pueblo en la perspectiva de algo descarnado, sucio, despreciado.
Así, a los emigrantes, sin saberlo claramente, se les fue desarrollando el instinto de decir “soy saliendo de”; “.de más allasito de...” y Capiatá se fue transformando en un ombligo impreciso, rodeado de pueblos los que, curiosamente, producían sólo en sus cercanías, obreros y empleadas.
El padre “pa’í” José María, murió una tarde tan muerta como todas las anteriores, junto con el último repique carraspiento de la campana, rota por la bala de cañón, allá por los tiempos de la Gran Guerra.
Capiatá sólo despertó por unos días de su letargo, tanto por los funerales del Pa’í, como por la interrogante sobre el nuevo cura que llegaría un ¿cuándo?. Interés que se fue diluyendo en las copas de caña, las siestas, el tereré de las mañanas y de las tardes, el sueño nocturno, las siestas y los pocos quehaceres del día, a cargo de las mujeres. Y así, sólo el calor y el tedio siguieron lenta y laboriosamente, cultivando la carcoma del pueblo..
Un sábado, junto con besar el anillo de Monseñor, el padre Renato, embotado por el calor y el viaje en barco, escuchó un saludo, y entre sorbos de tereré un discurso, “Sobre los Designios del Señor, que había llamado al santo padre José María a su lado y le enviaba al padre Renato a hacerse cargo de la parroquia de Capiatá, cuya primera misa, por la Gracia de Dios, “ofrecería mañana mismo” puesto que es domingo,” y con un “Ve con Dios hijo mío” ; hubo otra estirada de mano lánguida para el beso ceremonial del anillo, y con la otra coger mate de tereré y así el padre Renato se encontró esa misma tarde caminando con su maleta mas liviana que los recuerdos de su país vasco, desde la carretera hacia la iglesia, abriéndose paso entre el plomo fundido del aire y el sudor mercurial, cruzando un pueblo silencioso y vacío pero vigilante tras los visillos..
Ramiro, el sacristán, que sólo era un amasijo andante de despojos liados por trapos y caña, saldo de la Guerra del Chaco, no había terminado de repicar la campana de la primera seña el domingo , cuando el pueblo en masa ya llenaba la iglesia, e incluso la vereda. y parte de la plaza...
El padre “pa’í” Renato, en la prédica, con voz dura, les dio la bienvenida, les hizo notar en el sermón,con tono duro y la franqueza del vasco que corria por sus venas: “que así como se presentaban bien arreglados para recibir al Señor, así debían presentarle su Casa, su Iglesia y que él, como Pastor, se encargaría de arreglar el Corral de sus Ovejas”.y esas ovejas son ustedes, concluyó con un tono casi mas despectivo que pastoral.
Esa misma tarde, el pueblo sorprendido vio al pa’í Renato, sin sotana, arremangado y con la camisa abierta, encaramado en una escala, pintando con cal la fachada de la iglesia.
Unas mujeres se fueron acercando; la una, trajo mas agua para la cal, la otra, una escoba, y todas miraron de reojo y sin pecado pero con ansias reprimidas la erotizante y atractiva piel blanquecina y la musculatura del joven pa’í.
Llegaron dos viejos, con brochas, otro con una bolsa de yeso y esa tarde no hubo misa, pero los muros empezaron a cobrar vida.
El pueblo se acostó tarde, los comentarios pasaron del Copetín Flores a la calle, de la calle por los patios, y en la semana, gracias a los rumores, la iglesia lucía como orquídea en un basural.
La epidemia de arreglos empezó por los contornos de la plaza; el Escribano hizo repintar su puerta y fachada, pulió el bronce de su plancha por su parte el dueño del Copetín Flores, repintó el letrero, y Ña Sofía pintó de azul la fachada del Almacén
. El uno sacó sus vacas de la plaza, el otro, arregló los árboles, el de más allá puso tablones en las bancas y la plaga de aseo y adornos fue invadiendo el pueblo.
Los Presidentes de Juntas de Adelanto, los caudillos políticos de las estancias vecinas hicieron su parte diciendo en voz alta que ellos habían pedido a Monseñor que enviara al cura “pa’í” Renato y en él habían delegado las funciones de coordinar el ornato de Capiatá, fuera de eso, dieron gracias a Dios que el padre fuera cosechador de almas y no de votos.
Ña Silvia, esposa del hacendado, invitó por primera vez, a sus amigas de Asunción, a celebrar su cumpleaños en su casa quinta, a una cuadra de la iglesia, y toda la conversación giró “en lo lindo que estaban dejando el pueblo”.
En Asunción se supo que Capiatá era un pueblo muy acogedor, muy limpio, muy “de moda; y el deseo de ir a conocer el pueblo fue motivado en parte por icuriosidad y en parte por ver si sus empleadas y obreros realmente estaban viviendo en el pueblo pues al despedirse simplemente dijeron: ¡me voy a mi pueblo, a Capiatá!.
Dr. Sergio Gacitúa Montecinos
Octubre 1996. Asunción del Paraguay-Concepción-Chile.
Tercer premio Concurso de cuentos Colegio Médico de Chile.1997
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